Crisis en Bolivia agita los ánimos en Nicaragua

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Foto: Archivo

DW

«Bolivia ya ganó, le toca a Nicaragua», corearon grupos de bolivianos que se lanzaron a las calles de La Paz a celebrar la decisión del expresidente Morales de entregar el mando y gestionar un asilo político en México.

El video de 12 segundos se hizo viral en las redes sociales y, en Managua, llenó de emoción a los adversarios de Daniel Ortega, el veterano exguerrillero que lleva 13 años en el poder, casi los mismos que el exmandatario boliviano.

Muchos que participaron o apoyaron la rebelión cívica de abril de 2018 en Nicaragua se preguntaron qué habría pasado, si sus líderes no hubieran buscado negociar una  «salida pacífica» con el Gobierno, algo que para algunos oxigenó a Ortega y le permitió aplastar la rebelión con las armas.

«Los bolivianos nos dieron un ejemplo porque ellos no aceptaron dialogar, no abandonaron las calles y los empresarios allá sí apoyaron al pueblo, porque no son gallo-gallina (vacilantes) como los nuestros», dijo el dirigente estudiantil Julio Morales, que estuvo preso durante casi un año por participar en protestas.

 «Me ronda la idea de que no debimos ir a diálogo con un asesino. Debimos solo haber pedido su renuncia. Con diálogo, veamos dónde estamos. Sin diálogo, jamás lo sabremos, pero quizás ya seríamos libres», expresó la bloguera y comunicadora María Xavier Gutiérrez.

Pero para el economista Francisco Vijil, el diálogo entre la Alianza Cívica y el gobierno permitió el ingreso de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), que documentó la muerte de al menos 328 civiles a manos de policías y paramilitares. «El diálogo no mandó a parar la protesta ni los tanques, eso los sacó el régimen a punta de balas y muerte», sostuvo en alusión al apoyo incondicional que la Policía y el Ejército le dieron a Ortega, a diferencia de lo ocurrido en Bolivia.

El efecto dominó

Consultado por DW, el sociólogo Roberto Cajina, experto en asuntos militares, consideró que las fuerzas armadas fueron uno de múltiples factores en la renuncia de Evo Morales. «Sin el liderazgo de Carlos Mesa, la oposición del sindicalismo y la participación de la mayoría de la sociedad, no hubiera sido posible ponerlo contra la pared», razonó.

El oficialismo nicaragüense, por su parte, atribuyó la caída de Evo Morales a «un golpe de Estado» y el anuncio de su dimisión puso en jaque a los principales agitadores del izquierdista Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), que gobernó durante la revolución (1979-1990) y regresó al poder con Ortega en 2007.

«Aquí los revolucionarios estamos armados (Policía, Ejército y pueblo organizado) y si algo sabemos hacer los sandinistas es vencer, con nuestra vanguardia al frente. A los ‘puchos’ de m… (opositores) más les vale no enredarse», escribió vía Twitter Carlos Fonseca Terán, hijo del fallecido fundador del FSLN, Carlos Fonseca.

Previendo un «efecto dominó» de la rebelión boliviana, otros sandinistas amenazaron en las redes con «pasarle la cuenta» (matar) a los opositores, mientras el diputado Gustavo Porras, presidente del Parlamento, se presentó en televisión junto a los principales líderes sindicales, a quienes instó a  «cerrar filas» con Ortega: «Que sepan que estamos unidos y no vamos a permitir que jueguen con el país y con las conquistas alcanzadas», dijo.

 «Los sucesos en Bolivia han causado desesperación en el régimen de Ortega, que pretende atemorizar a la población con amenazas y dar confianza a las bases cada vez más ralas del FSLN», opinó el exguerrillero y disidente sandinista, Moisés Hassan.

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