Imperialismo y colonialismo, ¿pasado o presente?

Adolfo Miranda Sáenz

Recientemente LA PRENSA editorializó sobre los males cometidos en la historia imperialista y colonialista de Estados Unidos y de Europa Occidental, y cómo hay quienes no ven, en esas naciones, nada positivo del pasado ni del presente, responsabilizando de su historia a las generaciones actuales. Comparto algunos conceptos expresados y discrepo de otros. Me explico:

Los tiempos cambian, toda nación tiene un pasado con acciones censurables y otras admirables. Hay hechos que nunca debieron cometerse y aciertos que deben imitarse. Así como debe reconocerse tanto lo bueno como lo malo de ayer y de hoy. No debería responsabilizarse a las generaciones actuales por las censurables acciones de sus antepasados, bisabuelos o de más atrás.

Ciertamente las simpatías políticas suelen influir en la objetividad de las personas y frecuentemente solemos reducir algunos temas a blanco y negro, sin distinguir diferentes matices. Sobre algunos países no vemos nada bueno; mientras que de otros solo vemos lo bueno y no reconocemos lo malo que puedan tener. Determinado país puede ser para unos un reino del mal regido por el demonio, y para otros, el mismo país puede ser admirado como un paraíso angelical.

Es censurable la historia imperialista y colonialista de Estados Unidos y algunos países de Europa. Pero ellos también han aportado al mundo grandes valores como la libertad, la democracia y el reconocimiento de los derechos humanos. Los europeos y estadounidenses son —mayoritariamente— personas de bien, generosos, con buenos principios y valores. Pero no todos sus gobiernos siempre actúan bien, aún en la actualidad.

Debemos reconocer que esos países disfrutan de una riqueza que, si bien es cierto proviene principalmente de sus propios méritos, recursos, habilidad, trabajo, disciplina y estabilidad política, en parte se debe también a su pasado imperialista y colonialista que les permitió obtener una buena base económica para desarrollarse. No podemos ignorar, por ejemplo, que la mitad del territorio de México quedó en manos de los Estados Unidos incluyendo dos de los Estados más ricos: California y Texas.

Muchas riquezas obtuvieron Europa y Estados Unidos con el trabajo de los nativos explotados y los esclavos. A varias generaciones de pueblos que durante mucho tiempo sometieron les impidieron educarse, incluso implementando el trabajo infantil, el “apartheid” y la esclavitud, lo cual incidió en el subdesarrollo y pobreza de estos países, porque… ¡sin educación no hay desarrollo! Mientras los países dominantes se enriquecían, gozaban de buena educación y cultura, y pudieron desarrollarse.

Sin negar lo anterior, tampoco podemos culpar de nuestro atraso a Europa y Estados Unidos, porque permanecemos subdesarrollados sobre todo por nuestra propia culpa, por nuestra incapacidad de vivir en paz, con estabilidad política y disciplina para trabajar, por la corrupción y por otros factores de los que no debemos culpar a otros.

En vez de quedarnos mirando al pasado, los países empobrecidos y los países ricos debemos trabajar juntos para mejorar el presente corrigiendo algunas cosas. Hoy todavía existen corporaciones transnacionales que extraen riquezas de África con trabajadores explotados y maltratados, apoyándose en gobiernos locales corruptos. El intercambio comercial internacional tampoco es lo justo que debería ser.

En 1970 los países ricos acordaron en la ONU aportar el 0.7% de su Renta Nacional Bruta —menos del 1%— para el desarrollo de las naciones empobrecidas, meta fijada para 1975. Suecia y Holanda cumplieron. Después Noruega (1976), Dinamarca (1978), Finlandia (1991), Luxemburgo (2000) y el Reino Unido (2013). En 2012 bajaron la meta al 0.56% para 2015. Pero, el promedio de aportes nunca ha superado el 0.4% de sus rentas. Estados Unidos aporta solo el 0.2%, aunque cuantitativamente suma más que otros.

Si los países ricos aportaran el 0.7% de sus ingresos, acordado por ellos mismos en la ONU —cuidando sean bien administrados y auditoriados—, resolverían muchísima pobreza mundial, disminuyendo notablemente la migración descontrolada, resultando beneficiados unos y otros.

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