Editorial La Prensa: Bemoles de la unidad

En el discurso opositor se dice con insistencia, que la unidad total de la oposición es indispensable para derrotar a la dictadura en unas eventuales elecciones libres, limpias y observadas.

Sin embargo, por diversas razones de fondo y superficiales que van desde intereses políticos y personales hasta prejuicios ideológicos y desconfianzas por antecedentes históricos, es muy difícil lograr esa unidad que procuran —o dicen procurar— todos los opositores al régimen opresor de Daniel Ortega.

Esa dificultad ha quedado a la vista a comienzos de año, con la elección de los miembros del Consejo Político de la Unidad Nacional Azul y Blanco (UNAB) que fue anunciada como un paso de gran importancia hacia la gran unidad de la oposición. Pero al menos en apariencia, el resultado de ese evento no ha confirmado la previsión unitaria.

A pesar de los esfuerzos que hicieron los dirigentes de la UNAB por organizar una elección interna intachable, al final el procedimiento resultó complicado. Y, como ocurre siempre que se elige a líderes en un movimiento compuesto por personas de distintas ideologías, aspiraciones y caracteres, algunos quedaron insatisfechos con el resultado y se retiraron del movimiento.

Pero además la Alianza Cívica y la UNAB anunciaron su separación y que funcionarán por separado, aunque reiterando su coincidencia en el objetivo común de derrotar a la dictadura y el interés de unirse en una gran alianza, cuando llegue momento de hacerlo.

No son fracturas irreparables, solo accidentes en un camino lleno de dificultades. Pero no se puede negar que es frustrante para quienes conciben la unidad opositora y las formas de lucha política de manera idealista; y es regocijante para la dictadura.

Cabe señalar que al mismo tiempo que la oposición enfrenta estas dificultades en el avance hacia la deseada unidad, dos de los líderes más prominentes de la Iglesia católica han hecho vehementes llamados unitarios, no desde una posición política partidista, que no es lo suyo, sino desde la perspectiva pastoral que es la que corresponde a los religiosos.

En Managua, el cardenal Leopoldo Brenes llamó “a los que tienen influencia social y política” a que “dejen de descalificarse” unos a otros. Según monseñor Brenes hay una “fiebre presidencialista” cuando “lo importante es consolidar una unidad de nación”.

Y en Matagalpa, el obispo Rolando Álvarez declaró que el país “no necesita disputa, discordias ni trifulcas”. “La unidad ya empezó en el pueblo” —aseguró— y “lo que quiere es recibir de parte de grupos sociales, políticos y económicos, un mensaje de unidad”.

Los dirigentes de la oposición social y política deberían atender el mensaje de los obispos, por el bien supremo de Nicaragua. Con madurez política y buena voluntad se puede vencer todas las dificultades para formar la gran alianza democrática, por muy complejas que sean o parezcan.

No es necesario ni es posible que se unan en una sola organización, habiendo tantas diferencias. Lo que deberían hacer es agruparse en bloques por afinidades, y cuando sea el momento, formar una sola coalición electoral para hacer frente a la dictadura y derrotarla.

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