Editorial La Prensa: El mensaje de la relación con Irán

El estrechamiento de la relación del régimen de Daniel Ortega con la dictadura islámica de Irán, se ha convertido en un tema de sumo interés en el debate nacional.

En estricto sentido del Derecho esas relaciones no deberían extrañar ni causar preocupación. Es potestad de los Estados soberanos establecer relaciones con los países que quieran, lo que hacen generalmente en función de conveniencias económicas pero también por afinidades ideológicas, inclusive por estrategia geopolítica. El problema es que Irán es enemigo de los Estados Unidos (EE.UU.), que lo acusa de ser promotor del terrorismo internacional y Nicaragua está en la órbita de los intereses de seguridad estadunidense.

El interés en las relaciones de Nicaragua con Irán se reactivó a raíz de la visita del canciller iraní, Mohammad Javad Zarif, quien declaró que vino a fortalecer la amistad con el régimen de Ortega y a formar un frente común “contra el terrorismo económico de los EE. UU.” Pocos días después el canciller de Irán fue sancionado por EE. UU. porque “implementa la agenda imprudente del líder supremo de Irán y es el principal vocero del régimen en todo el mundo”, según se dijo en un comunicado del secretario del Tesoro, Steven Mnuchin. Y agregó que EE. UU. “está enviando un mensaje claro al régimen iraní de que su comportamiento reciente es completamente inaceptable”.

Según el experto en política internacional y estrategias geopolíticas, Iván Witker, de la Organización Latinoamericana para la Defensa de la Democracia, lo que busca el régimen iraní con su avance en América Latina “es demostrar capacidad internacional… articular nuevos aliados e influir en las cercanías de su principal enemigo: los EE. UU., responder a la influencia de Washington en su propio patio trasero”.

En cuanto a Ortega es obvio que el interés en el fortalecimiento de sus relaciones con la dictadura islámica de Irán, también es político y muy poco o nada económico. Los acuerdos de cooperación e intercambio comercial mediante el trueque, que se firmaron en días pasados en Teherán, no significan nada. De hecho acuerdos más importantes que se suscribieron hace más de 12 años, cuando el entonces presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, vino a Nicaragua a felicitar a Daniel Ortega por haber recuperado el poder, nunca se cumplieron.

Algunos analistas opinan que el propósito de Ortega es tener dónde guardar la cuantiosa fortuna acumulada al amparo del poder. Pero es evidente que el dictador no se siente derrotado ni está huyendo del país. Cree más bien que seguirá en el poder por el resto de su vida. Y al cancelar las negociaciones con la Alianza Cívica, y estrechar sus relaciones con los regímenes autoritarios de Irán, Turquía, Rusia y otros adversarios y enemigos de los EE. UU., está enviando el mensaje de que no le importan las presiones externas y no permitirá el regreso de Nicaragua a la democracia.

Ortega parece estar decidido a llevar a Nicaragua por el camino calamitoso y aventurero de Cuba y Venezuela, que su opción es petrificar la dictadura y endurecer el enfrentamiento con EE. UU. Al parecer el caudillo sandinista cree que no pagará por eso ninguna consecuencia.

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