Editorial La Prensa: Revolución y autocrítica

Todas las revoluciones cambian el curso de la historia de los países donde ocurren, transforman radicalmente las estructuras económicas y sociales y crean nuevas instituciones políticas.

En Nicaragua han ocurrido dos “grandes” revoluciones, la liberal de 1893 y la sandinista de 1979, cuyos partidarios y nostálgicos celebran en estos días su 40 aniversario. Las dos, en sus épocas correspondientes, cambiaron para siempre la vida de los nicaragüenses.

Pero la revolución liberal es ahora solo una referencia casi olvidada en la historia. La revolución sandinista, en cambio, sigue siendo actual pues sobrevivió a su derrota política en 1990 y salió del sepulcro en 2007 convertida en la dictadura absolutista de Daniel Ortega.

Algunos personajes nicaragüenses que ocuparon posiciones relevantes en la revolución sandinista de 1979, pero ahora no acompañan a Ortega en su nueva aventura dictatorial y son disidentes del FSLN, han intentado hacer autocríticas de aquel período tan controversial de la historia reciente de Nicaragua. Pero no lo han logrado de manera convincente porque les ha faltado la franqueza intelectual y política que es indispensable en estos casos.

En este sentido habría que aprender del gran filósofo y maestro español Miguel de Unamuno, histórico rector de la Universidad de Salamanca, quien apoyó de manera incondicional la revolución de la segunda república, pero ante sus excesos totalitarios se arrepintió, renegó de aquella insensata devoción y lo dijo sin ambages.

En una carta a su amigo socialista belga Émil Vandervelde, Unamuno le confesó amargamente su arrepentimiento: “He llorado porque una tragedia ha caído sobre mi patria —escribió Unamuno—. Y yo, que creía trabajar por el bien de mi pueblo, también soy responsable de esta catástrofe. Fui uno de aquellos que deseaban salvar a la humanidad sin conocer al hombre. No me abochorna confesar que me he equivocado. Lo que lamento es haber engañado a otros muchos. De esto quiero dejar constancia y, si entraña una humillación, la aceptaré”.

Esta lección del gran maestro de Salamanca la deberían aprender todos aquellos que, como él, apoyaron de buena fe o por la razón que fuese, revoluciones que prometieron libertad y prosperidad pero impusieron esclavitud y miseria.

“Creí necesario invocar la democracia socialista”, sigue diciendo Unamuno en su histórica carta al amigo de Bélgica. “Creí que una antigua tradición de civilización cristiana podía sustituirse impunemente, e incluso con provecho, por el más progresivo materialismo. Un día saludé entusiasta la llegada de la República española. Amanecía una nueva era. ¡España revivía! Pero España estuvo a punto de perecer. En muy poco tiempo el marxismo dividió a los ciudadanos. Conozco la lucha de clases. Es el reino del odio y la envidia desencadenados. Conocimos un periodo de pillaje y crimen. Nuestra civilización iba a ser destruida”.

Unamuno se refería a la España de los años treinta del siglo pasado, no a Nicaragua. Pero las revoluciones son básicamente iguales, en todas partes y en todas las épocas.

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