Editorial La Prensa: El abrazo del oso

Daniel Ortega le ha regalado hace unos días a Rusia una valiosa propiedad del Estado de Nicaragua, ubicada en Las Colinas, una de las zonas residenciales más exclusivas de Managua. La propiedad tiene una extensión de 5,656 metros cuadrados, según informó LA PRENSA en su edición de ayer y su valor es más o menos de 800 mil dólares, precisó la revista en línea Confidencial.
Este es un hecho representativo de la intensa relación de Nicaragua con Rusia, bajo los regímenes autoritarios de Daniel Ortega y de Vladímir Putin. Una relación que por sus implicaciones estratégicas es motivo de mucha preocupación para los Estados Unidos (EE.UU.).

En este sentido cabe recordar que en los alrededores de la laguna de Nejapa, en Managua, fue instalada una estación terrestre del satélite espacial ruso de comunicaciones, Glonass. Analistas de seguridad nacionales y extranjeros manifestaron su sospecha de que esta base serviría para el espionaje ruso; y la anterior embajadora de EE.UU., Laura Dogu, advirtió que ese hecho daría impulso a la aprobación de la Ley Nica Act para sancionar al régimen de Daniel Ortega, como en efecto ocurrió.

Pero a Ortega eso parece tenerlo sin cuidado, pues para su objetivo de quedarse en el poder por siempre la relación con Rusia tiene un valor estratégico determinante, significa tener la protección de la potencia imperial rusa frente a los EE.UU., que abogan y presionan por un cambio democrático en Nicaragua.

Nicaragua ya estuvo antes subordinada a Rusia, cuando se llamaba Unión Soviética. Fue en los años de la revolución sandinista, tiempo en que la dictadura de los comandantes sandinistas colocó al país en la órbita de los intereses geopolíticos soviéticos. Los sandinistas habían condenado implacablemente al neocolonialismo yanqui, pero al tomar el poder lo sustituyeron con el neocolonialismo soviético.

Después que desapareció la Unión Soviética y al cabo de un breve periodo democrático pero caótico, en Rusia tomó el poder el autócrata nacionalista Vladímir Putin, quien ha revivido los apetitos imperiales rusos y ha logrado expandir su esfera de influencia en distintas partes del mundo, hasta en el hemisferio occidental donde tiene importantes bases de apoyo político y estratégico en Cuba, Venezuela y Nicaragua.

Hay quienes menosprecian a Rusia y no creen que vuelva a ser una gran potencia hegemónica, como lo fue en la época de la Guerra Fría cuando disputaba con los EE.UU. el control del planeta. Sin embargo, el autorizado académico y analista internacional Moisés Naim, asegura que Putin actúa con la convicción de que “si Estados Unidos intervino en contra de Rusia en sus conflictos armados en Ucrania, Georgia, Abjasia y Osetia del Sur, ¿por qué no puede el Kremlin intervenir en el patio trasero de Washington?”

La ostentosa relación de Rusia como potencia dominante con los regímenes subordinados de Nicolás Maduro en Venezuela y Daniel Ortega en Nicaragua, demuestran que Moisés Naim tiene razón. Pero esto puede tener consecuencias.

A principios del siglo XVII los europeos occidentales designaron al feroz oso pardo como símbolo de Rusia, una alegoría por las brutales anexiones coloniales rusas en las regiones circunvecinas. Cuidado que ahora la sumisión a la Rusia de Putin le podría resultar al dictador Ortega como el abrazo del oso.

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