Editorial La Prensa: La falsificación de la historia

Daniel Ortega,
Foto/AP

El dictador Daniel Ortega ha vuelto a impresionar con su gran desparpajo para mentir y capacidad para falsear los hechos históricos.

Nos referimos en este caso al discurso que pronunció Ortega el lunes de la presente semana, en un acto político de su organización partidista de estudiantes en el cual “historió” sobre los acontecimientos violentos que ocurrieron en el país, después que él fue derrotado en las elecciones de febrero de 1990 y se vio obligado a entregar el gobierno a la presidenta democrática Violeta Barrios de Chamorro.

En ese discurso Ortega repitió sus infundadas acusaciones contra los obispos, porque le pidieron adelantar las elecciones a fin de resolver de manera pacífica y democrática la crisis nacional. Inclusive el dictador arremetió contra su propio hermano, el general retirado Humberto Ortega, quien en julio pasado le sugirió lo mismo que los obispos.

Pero nadie debería sorprenderse por las mentiras de Daniel Ortega y su descarada falsificación de la historia. ¿Acaso él no ha falsificado las elecciones y la administración de justicia? ¿No es que ha falseado el Estado de derecho, las instituciones armadas de la nación, militar y policial, la autonomía regional, municipal y universitaria y hasta las cifras y estadísticas oficiales? Daniel Ortega es un falsificador de todo aquello que es de interés nacional y lo menos que podría hacer es falsear la historia y acomodarla a sus conveniencias.

Pero mentir y falsear la historia no es algo exclusivo de Ortega. Esto es una característica de todos los dictadores totalitarios. Así lo explicaron el inglés George Orwell y la judía alemana Hanna Arendt, grandes estudiosos del sistema perverso del totalitarismo.

Arendt advirtió que el caudillo totalitario —quien quiera que sea— habla para “un público políticamente inmaduro”, al que le crea una considerable confusión con sus mentiras. Pero lo peor —advierte— es que las mentiras del dictador totalitario “contienen un elemento de violencia: la mentira moderna aspira a destruir, y aparece en las democracias y en los Estados totalitarios, aunque solo en estos últimos es un “paso previo al asesinato”.

Ya antes, el 9 de febrero de 2017, nos habíamos referido en este mismo espacio editorial a la falsificación de la historia por parte del régimen orteguista, esa vez en relación con la información distorsionada sobre los hechos históricos que se ofrece a los estudiantes en el sistema de (des) educación pública.

También en aquella ocasión citamos a Hanna Arendt, quien en otra parte de sus escritos asegura que “el mentiroso siempre es derrotado por la realidad”, pues, aunque algunos crean y digan lo contrario, la mentira no puede cambiar la realidad ni sustituir la verdad, que siempre termina por resplandecer.

Aquí el audio del editorial