Editorial La Prensa: Las protestas en la Catedral

Autoridades de la Iglesia católica de Nicaragua han desaprobado que los autoconvocados utilicen la Catedral de Managua como escenario de protestas políticas.

El presbítero Luis Herrera, rector de la Catedral, explicó que “la misa no es para venir a protestar ni tampoco para venir a gritar”. Aclaró que “como Catedral nunca hemos convocado a una misa de protesta porque eso no existe, la eucaristía no es una cosa para protestar”, pero señaló que en las misas se ora por la paz en Nicaragua.

La declaración del padre Herrera fue avalada por el cardenal Leopoldo José Brenes, arzobispo de la Arquidiócesis de Managua y presidente de la Conferencia Episcopal de Nicaragua, quien declaró el domingo pasado a los periodistas que “nuestros templos no son lugares políticos ni para hacer política”.

El cardenal Brenes y el presbítero Herrera tienen razón. No se trata de que ellos “no quieran” que haya protestas políticas en los templos. Es que estos son lugares sagrados destinados “al culto divino”, como lo establecen las normas de la Iglesia.

En el canon 1210 del Código de Derecho Canónico se dice categóricamente: “En un lugar sagrado solo puede admitirse aquello que favorece el ejercicio y el fomento del culto, de la piedad y la religión y se prohíbe lo que no esté en consonancia con la santidad del lugar”. Esto sin perjuicio, como dice la misma regla canónica, de que en determinados casos se pueda permitir “otros usos, siempre que no sean contrarios a la santidad de lugar”.

No es la primera vez que la Iglesia católica enfrenta una situación como esta. En 1978, después que estalló la rebelión popular contra la dictadura somocista a raíz del asesinato del doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, militantes sandinistas se tomaron varios templos católicos y los convirtieron en centros de agitación revolucionaria. Los periodistas antisomocistas también usaron las iglesias para practicar el “periodismo radial de catacumbas”, que eludía la censura gubernamental.

En esa situación la Conferencia Episcopal de Nicaragua, que era crítica del régimen somocista, reprobó en una declaración institucional lo que llamó “profanación de los templos destinados especialmente por Consagración o Bendición al Culto divino, utilizándolos para fines que no se relacionan con el culto, como recintos de protesta o reclamo por ciertos problemas de carácter público o de informaciones estrictamente periodísticas”.

Ahora, en estos meses de represión sangrienta de la dictadura orteguista, la Iglesia ha sido solidaria con el pueblo. Por esa razón obispos y sacerdotes han sufrido agresiones físicas y amenazas de muerte, y algunos templos han sido profanados por hordas oficialistas. Pero una cosa es asilar en las iglesias a los perseguidos y protegerlos de la represión, y otra muy diferente permitir que los templos sagrados sean escenarios de la lucha política, por muy justa y democrática que esta sea.

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