La humildad nos hacer ser felices

Adolfo Miranda Sáenz

La humildad es una gran virtud que todos debemos procurar, porque significa reconocer cuáles son nuestras limitaciones y debilidades y obrar de acuerdo con este conocimiento. Por eso la persona humilde actúa con sabiduría, no se equivoca al escoger sus caminos y sabe decidir entre sus diferentes opciones; es respetada y fácilmente querida por otras personas; y sobre todo, logra ser más feliz que aquellas que no tienen humildad.

Lo contrario a la humildad son la soberbia y el orgullo desmedido. La soberbia consiste en la altivez y el envanecimiento por lo que uno es, con menosprecio de los demás; el orgullo desmedido es un sentimiento de satisfacción por sobredimensionar las propias capacidades y méritos, sobrevalorando los propios logros con desprecio a los que otros tienen. La persona que no es humilde expresa su soberbia y orgullo con arrogancia, vanidad y exceso de estimación propia, que conlleva sentimientos de superioridad.

A veces nos ciega el orgullo y cometemos graves errores en la vida. La persona soberbia y orgullosa no sabe actuar con sabiduría, equivoca sus caminos y toma opciones que fracasan. Los soberbios, al creer que son más capaces de lo que en verdad son, se topan —o más bien se estrellan— contra las duras realidades. Como decimos popularmente, el humilde sabe “tener los pies bien puestos sobre la tierra” mientras el soberbio “anda por las nubes”.

La humildad proporciona muchísimas satisfacciones y felicidad. Al saber reconocer los límites de las propias capacidades y las posibilidades que realmente se tienen en la vida, la persona humilde no se sentirá nunca frustrada ni derrotada por ponerse metas inalcanzables, sino que sabiamente logrará alcanzar las metas realistas que se propone. Sabe disfrutar de las cosas buenas que le da la vida, que nunca son pocas y las mejores son gratis.

Las personas humildes viven rodeadas de mucho reconocimiento y cariño, viven felices de conformidad con sus posibilidades, reconociendo y aceptando la realidad y el contexto en que le toca vivir, sin angustiarse. Por eso son mental y físicamente más sanos, con excelentes ventajas para triunfar.

“Humildad” proviene del latín “humilitas”, de la raíz “humus” o “tierra”. Implica la igual dignidad de todos porque todos “somos de la tierra”, independientemente de la condición económica o social. El humilde no pretende estar por encima ni por debajo de nadie, y no acepta dejarse humillar porque no renuncia a su propia dignidad como persona.

Dios ama a los humildes y nos pide ser humildes. El Libro de Proverbios dice: “Con la soberbia llega también la deshonra, pero la sabiduría acompaña a los humildes”. En el Salmo 138 leemos: “Tú, Señor, estás en las alturas, pero te dignas atender a los humildes; en cambio, te mantienes alejado de los orgullosos”.

En los Evangelios Jesús nos enseña: “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y así podrán encontrar descanso”. Y nos advierte que: “El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”. San Pablo les escribe a los colosenses lo siguiente: “Por lo tanto, como escogidos de Dios, santos y amados, revístanse de entrañable misericordia, de bondad, de humildad, de mansedumbre y de paciencia”.

Cuando Jesús nos pide ser como Él, nos pide ser mansos y humildes de corazón, porque ser manso es ser una persona pacífica, de carácter suave, amable, bondadoso, generoso y misericordioso. Jesús era humilde aun siendo Dios Todopoderoso porque sabía que voluntariamente decidió ser también hombre verdadero y tenía limitaciones humanas que aceptaba y por consiguiente sufriría mucho ante el dolor y la muerte de Cruz.

Sufriría al ver sufrir a su madre, sufriría por la traición de su amigo que lo vendió, por el abandono de sus otros amigos, por su terrible agonía. Y lo aceptó en silencio. Pero los humildes triunfan, y Jesús resucitó triunfante sobre la muerte.

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