La virtud de la justicia

Adolfo Miranda Sáenz

Dios quiere nuestra felicidad y para ayudarnos a lograrla —a pesar del daño que nos hacemos con nuestro mal uso de la libertad— nos otorga virtudes que podemos rechazar o hacer buen uso de ellas. La persona buena y virtuoso es más feliz. Uno de los más grandes filósofos y teólogos del cristianismo, Doctor de la Iglesia, Santo Tomás de Aquino, identificó cuatro virtudes humanas fundamentales que llamó “cardinales”: prudencia, justicia, fortaleza y templanza (moderación).

La justicia la define Santo Tomás como “el hábito según el cual uno, con constante y perpetua voluntad, da a cada cual su derecho” (es decir, lo que le corresponde, lo suyo). Se diferencia del resto de las virtudes cardinales porque se orienta no hacia uno mismo, sino hacia los demás, en la medida en que consiste en obrar con rectitud en relación a los otros. La persona justa se comporta correctamente con los demás, que es distinto de “comportarse bien” con uno mismo.

Lo que corresponde a otro no debe identificarse sólo con dinero o algo material, pues puede ser un reconocimiento (a una obra hecha, a una dignidad), una ayuda (ante una petición, como muestra de piedad), algo material (un regalo, un sueldo estipulado por un contrato), algo espiritual (una muestra de amor, de apoyo, una oración), etc.

La correspondencia o “ajuste” —de donde viene “justicia”— entre el acto de una persona y lo que debe recibir por ello, como se observa por ejemplo en el salario, que debe equivaler al servicio prestado, implica una “igualdad”. La balanza con la que se representa a la justicia es una manera de expresar esta igualdad. Según sea el acto realizado por otro, así será lo justo, que no es fijo sino que depende de lo recibido o de lo previamente dado. La Biblia dice que “Dios se manifestará para dictar su justa sentencia dando a cada uno lo que merezcan sus obras” (Romanos 2, 5-6).

Por eso sería una falsa justicia dar a todos lo mismo, pues cada uno deberá recibir según lo que ha realizado. Una madre que da jugo natural de naranja a un hijo enfermo pero no se lo da al que está sano, porque no lo necesita, está realizando un acto de justicia; mientras que, por el contrario, sería injusto que repartiera entre todos sus hijos, por igual, una medicina contra la gripe bajo el pretexto de que si no lo hace, los hijos sanos podrían sentirse tratados injustamente.

Esta igualdad viene señalada por la naturaleza misma de las cosas, “como cuando alguien da tanto para recibir otro tanto”. Esto es obvio y de sentido común —baste recordar el origen del fenómeno del trueque—. Una vez reconocido este criterio de igualdad o equivalencia, que emana de las cosas mismas, para entender la justicia, se puede establecer como parte del derecho natural, que es la base del llamado derecho positivo, que son las leyes humanas de las que depende la justicia legal, por ejemplo. De esto se deduce que el derecho positivo o convencional que no se ajuste al natural, no sería propiamente justicia.

La justicia, como toda virtud, también se orienta al bien, pero no al individual sino al de la sociedad, que es el bien común. Y esto permite reconocer en ella una cierta prioridad sobre el resto de virtudes humanas, debido a que el bien común goza de cierta preeminencia sobre el individual dentro de la sociedad humana, sea la familia, los grupos sociales, las naciones o la comunidad mundial.

Dios es justo, ciertamente; pero también misericordioso. Dios claramente nos pide actuar con justicia, pero sin olvidarnos del amor, la misericordia y el perdón: “Porque, si perdonan a otros sus ofensas, también los perdonará a ustedes su Padre celestial” (Mateo 6,14). “El juicio será sin misericordia para el que no ha mostrado misericordia” (Santiago 2,13).

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